Hay momentos en los que ordenamos y ordenamos… pero nada cambia.
Los estantes quedan prolijos, los cajones cierran, la mesa se despeja.
Y aun así, al otro día, todo vuelve a desarmarse.
No es falta de voluntad.
No es falta de método.
No es que “no servís para el orden”.
Es otra cosa.
Algo más profundo:
todavía no decidiste.
Porque no se ordena lo que no se decide.
No podés sostener un cambio que todavía no elegiste de verdad.
Podés mover cosas de un lado a otro,
podés comprar organziadores,
podés pasar horas doblando ropa…
pero si adentro tuyo sigue ese “no sé”,
ese “por las dudas”,
ese “quizás mañana”,
el orden no encuentra dónde hacer pie.
Ordenar no es una acción física:
es un acto interno.
Un quiebre.
Una declaración.
Es mirarte frente a frente y preguntarte:
—¿Qué quiero seguir sosteniendo?
—¿Qué ya no tiene sentido para mí?
—¿Qué peso estoy cargando solo por costumbre o culpa?
La decisión es lo que hace que un espacio se sostenga.
No la perfección.No el método rígido. La decisión.
Esa fuerza honesta que te hace decir:
Esto sí. Esto no. Esto ya no va más conmigo.
Y cuando esa claridad aparece, el orden fluye.
No porque te vuelvas otra persona, sino porque estás eligiendo desde otro lugar: desde lo que te hace bien hoy, no desde lo que “hay que hacer”.
Cada vez que acompaño a una mujer en una sesión 1 a 1, veo lo mismo:
no es el placard el que cuesta, son las decisiones que vienen escondidas ahí adentro.
Los mandatos, los miedos, las versiones de una misma que ya quedaron viejas.
Pero cuando la decisión se hace presente…
cuando aparece ese “hasta acá”, ese “esto me pesa”, ese “esto ya no soy yo”, algo increíble sucede: el orden se vuelve ligero. Real.Sostenible.
No se trata de ordenar más.
Se trata de decidir mejor.
Y cuando lo hacés, tu casa cambia.
Y vos también.
VP® Vivi Papa