El domingo 26 de abril estuve en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que cumple su aniversario número 50. Presentando y firmando ejemplares de Desapego: la clave de una vida plena.
Ese día fue hermoso pero te cuento como arranque ...
Empezó una semana antes. El día que me enteré que ese mismo domingo estaba el Road Show de Colapinto...
Imaginate, me invadieron los nervios. No podía dejar de pensar en cómo llegaba a La Rural. Sumale esa mezcla de emoción y ansiedad que no te deja dormir. Bueno, todo al cuadrado, jajaja.
Escuchaba todo el tiempo sobre calles cortadas, el movimiento de gente que iba a ver, las dificultades para estacionar… Y mi cabeza no paraba:
¿a qué hora salgo desde Adrogué? ¿Cómo llego?
Y ahí se sumó más ruido. Mensajes que llegaban:
“No sé si voy a poder ir…” “Se me complica llegar…” “Lo veo difícil…”
Y cada mensaje… resonaba en mí una y otra vez, peleándome para no darle lugar a los malos pensamientos.
“Suelto y confío”
“Todo va a estar bien”
“Va a estar quien tenga que estar”
Pero una lo vive. Lo siente. Y por momentos, sí, sentí que todo se desmoronaba un poco.
Pero el domingo llegó igual… Y todo fluyó.
La mañana comenzó como todos mis domingos, acompañando a mi hijo a fútbol. De a un paso a la vez…
Me fui más temprano de lo que pensaba, y la verdad, llegué súper bien. Encontré lugar para estacionar donde lo dejo siempre que voy por la zona.
Y cuando estuve ahí, pasó lo que tenía que pasar. Ni más. Ni menos.
Muchas mujeres que conozco vinieron, estuvieron acompañando. Varias con sus novios, maridos, hijos, amigas, suegras…
Eligieron ese momento. Estar ahí. Escucharme en el panel.
Y en medio de la firma, se volvió a repetir una situación que pasa muy seguido con Desapego: la clave de una vida plena.
Una mujer que me escuchó y me conoció ahí mismo me dijo:
“Este libro se lo regalo a mi mamá… porque sé que lo necesita”.
Y sabés qué… no era solo un regalo.
Era preocupación.
Era amor.
Era conciencia.
Era acompañamiento.
Y siempre lo digo: este libro no se lee, se vive. No llega a uno por casualidad.
Llega cuando algo empieza a incomodar. Cuando ya no da lo mismo seguir igual.
Cuando hay algo que pide ser mirado.
Porque desapegar no es perder. Es un acto de valentía.
De amor propio. De animarse a mirar lo que venimos evitando.
Y sí, el domingo se convirtió en un día perfecto para mí.
Un día que viví a pleno. Un día en el que me emocioné. Un día real.
Y fue suficiente para hacerme muy, muy, muy feliz.
Gracias a cada persona que se acercó. A cada palabra que me dijeron.
Al amor que me brindaron. A cada historia que me compartieron.
Porque lo que se vivió no terminó con la firma de ejemplares…
en todo caso, empezó ahí.
Ahora quiero que me cuentes…
¿Ya leíste Desapego: la clave de una vida plena?
¿A quién se lo regalarías?
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Con amor y abrazo organizado
VP® Vivi Papa