Hay una escena que seguramente te resulte conocida.
Llegás a tu casa después de un día largo. Dejás las llaves sobre la mesada. La taza del desayuno sigue ahí. Hay una bolsa del supermercado que todavía no guardaste. Abrís la heladera para buscar un vaso de agua y, antes de cerrar la puerta, ya estás pensando qué vas a cocinar mañana, qué falta comprar y si te acordaste de sacar algo del freezer.
Todo eso sucede en menos de un minuto. Y aunque el día todavía no terminó, sentís que ya no podés más.
Durante mucho tiempo pensamos que ese cansancio tenía que ver con la cocina. Con los platos, el desorden y la falta de tiempo.
Pero después de tantos años entrando a casas, y hoy acompañando mujeres en procesos de mentoría, entendí que muchas veces estamos mirando el lugar equivocado.
Porque las cocinas son todas distintas. Las hay grandes, pequeñas, modernas, antiguas, impecables y completamente desbordadas.
Pero detrás de muchas de ellas encontré algo que se repetía: mujeres que hace demasiado tiempo vienen sosteniendo todo. Y cuando digo todo, es todo: Las compras, comidas, horarios, viandas, listas, cumpleaños, cuentas, conversaciones pendientes, necesidades de cada integrante de la familia.
Y, en algún momento del camino, dejaron de preguntarse qué necesitaban ellas.
Con el tiempo, esa forma de vivir se vuelve tan habitual que deja de llamar la atención. La normalizas, y haces parte de vos!
Resolver antes de que aparezca un problema, pensar por todos, llegar a todo sin pedir ayuda o delegar, seguir. Y seguir...
Hasta que un día sienten que ya no pueden más. Y ahí aparece el desorden.
Pero hay algo que aprendí y que cambió por completo mi manera de trabajar.
No creo que el desorden sea siempre la consecuencia del agotamiento. Ni tampoco creo que el agotamiento aparezca solamente por el desorden. Hoy puedo confirmar que una cosa alimenta a la otra.
Cuando vivimos durante mucho tiempo sosteniendo un ritmo que nos desborda, el orden empieza a perder lugar. Y cuando ese desorden se instala, también aparecen el ruido visual, la sensación de no terminar nunca, el estrés, el mal humor, la ansiedad y esa incómoda percepción de que la casa nos pesa. Es un círculo. O como esta de moda llamarlo hoy un loop!
Y cuanto más tiempo permanece, más difícil resulta salir de él. Por eso nunca pude separar el orden de los espacios del orden interno : Porque conviven, se afectan y se potencian.
Una casa ordenada no resuelve todos los problemas. Pero puede devolver calma.
Y una mujer con más claridad no transforma su vida de un día para el otro. Pero empieza a tomar decisiones diferentes. Y esas decisiones también terminan reflejándose en su casa.
Eso es, justamente, lo que veo una y otra vez en Puertas Adentro.
Muchas mujeres llegan pensando que necesitan aprender a organizarse mejor.
Y descubren que, antes de reorganizar su alacena, necesitan recuperar algo mucho más importante: Claridad para entender qué estan sosteniendo y responsabilidades ya no les corresponden. Qué ritmo de vida dejaron de elegir hace tiempo y simplemente empezaron a soportar. Porque cuando recuperamos claridad, el orden deja de ser una obligación.
Empieza a convertirse en una consecuencia.
Y cuando una casa deja de sentirse pesada, muchas veces no es porque compramos más organizadores.
Es porque quien la habita empezó a vivir de otra manera. La próxima vez que entres a tu cocina, no mires solamente la mesada o los platos.
Preguntate algo mucho más profundo.
¿Este espacio refleja la vida que quiero seguir viviendo... o el ritmo que hace demasiado tiempo estoy sosteniendo?
Quizás esa pregunta no ordene tu cocina hoy. Pero puede ser el primer paso para empezar a ordenar algo mucho más importante: Tu manera de vivir.
Gracias por leerme.
Abrazo organizado.
VP® Vivi Papa