Hay algo que aparece en la vida cotidiana, que muchas veces no nombramos, pero que condiciona más de lo que creemos: LA CULPA
No siempre es evidente. No es algo que se vea a simple vista, pero está. Se mete en decisiones pequeñas, en pensamientos repetitivos, en sensaciones que aparecen sin que sepamos bien por qué. Y lo más complejo es que muchas veces la naturalizamos. Vivimos con culpa sin darnos cuenta de que la estamos sosteniendo.
La culpa puede aparecer de muchas formas. Está en ese “tendría que haber hecho más”, en el “no debería haber dicho esto”, en el “no me puedo permitir parar”. Aparece cuando no llegamos a todo, cuando necesitamos tiempo para nosotras, cuando ponemos un límite o cuando simplemente elegimos algo distinto a lo que otros esperan.
Pero también aparece al revés: cuando hacemos algo que no queríamos hacer, cuando sostenemos situaciones que nos pesan, cuando postergamos decisiones que sabemos que tenemos que tomar.
Y ahí es donde empieza a desordenar. Porque la culpa no es solo una emoción incómoda. Es un lugar desde donde muchas veces elegimos. Y cuando elegimos desde la culpa, dejamos de elegir desde la claridad.
Empezamos a sostener vínculos que ya no tienen sentido. A decir que sí cuando queremos decir que no. A seguir en lugares que nos pesan. A postergarnos una y otra vez.
Con el tiempo, eso se acumula.
La culpa no se va sola. No desaparece porque la ignores. Se guarda, se suma, se vuelve parte del día a día. Y lo que al principio era algo puntual, termina siendo una forma de vivir, totalmente normalizada en tu vida.
Y ahí aparece el cansancio, la confusión, la sensación de estar haciendo mucho… pero sin sentirte bien.
En los procesos que acompaño, esto aparece todo el tiempo. Mujeres que sienten que no pueden frenar, que no pueden elegir distinto, que no pueden soltarse de ciertas situaciones. Y cuando empezamos a mirar más en profundidad, la culpa está ahí, sosteniendo decisiones, vínculos, formas de vivir que ya no tienen sentido.
Y en ese punto es importante entender algo: no toda culpa es real.
Muchas veces la culpa es aprendida. Viene de mandatos, de creencias, de ideas que fuimos incorporando sin cuestionar. “Una buena madre debería…”, “una buena pareja no puede…”, “si hago esto soy egoísta”. Frases que no siempre decimos en voz alta, pero que están presentes.
Y cuando no se revisan, son las que dirigen en nuestra vida, nos mandan!.
Por eso, soltar la culpa no es dejar de sentir. No es volverte indiferente ni hacer lo que querés sin medir consecuencias. Es empezar a mirar de dónde viene esa culpa. Entender si es propia o heredada. Y, sobre todo, preguntarte si hoy tiene sentido seguir sosteniéndola.
Cuando eso empieza a pasar, algo cambia. No de un día para el otro. No de forma perfecta. No con formulas mágicas. Pero cambia.
Empezás a elegir distinto. A poner límites con menos peso. A dejar de sostener lo que no tiene sentido. A priorizarte sin tanto ruido interno.
Y eso, aunque no se vea de afuera, ordena.
Porque cuando la culpa deja de dirigir tus decisiones, tu vida empieza a acomodarse desde otro lugar. No desde la exigencia, no desde el deber, sino desde la claridad.
Y ese orden no es perfecto.
Pero es más liviano. Y, sobre todo, es propio.
Contame en comentarios:
¿En qué momento sentís más culpa?
VP® Vivi Papa