Hace un tiempo, en una mentoría de Puertas Adentro, una de mis mentoreadas me dijo una frase que se quedó conmigo mucho después de terminar la sesión.
"Vivi, no sé qué me pasa, pero siento una tristeza que no puedo explicar".
Mientras hablábamos me contaba que, vista desde afuera, su vida estaba bien. Tenía trabajo.
Tenía una familia. Tenía una casa. Tenía salud. Y sin embargo, algo no terminaba de encajar.
No había una crisis puntual, una pérdida reciente o un problema concreto que justificara ese malestar que sentía. Entonces indague, busque profundo en ella y apareció una frase que cambió el rumbo de la conversación.
"No era esta vida la que había imaginado para mi ". Fuerte no?
Porque muchas veces no sufrimos por lo que tenemos. Sufrimos por la distancia que existe entre la vida real y la vida que imaginábamos.
La tranquilidad que suponíamos que iba a llegar. Los planes que imaginábamos concretar.
Las historias que pensábamos que durarían para siempre. La mujer que creíamos que íbamos a ser. La tranquilidad que suponíamos que llegaría después de tantos años de esfuerzo.
La versión de nosotras mismas que imaginábamos ser.
Y cuando eso no sucede exactamente como lo planeamos, aparece una sensación difícil de explicar. Porque no estamos atravesando una pérdida evidente. Pero algo duele.
Y duele de verdad. Duele descubrir que algunas expectativas no se van a cumplir.
Duele aceptar que ciertos planes quedaron en el camino. Duele reconocer que la vida tomó un rumbo diferente al que habíamos dibujado en nuestra cabeza.
Y lo más curioso es que pocas veces hablamos de estos duelos. Porque parecen insignificantes...
Porque nadie los ve y desde afuera da la sensación que en una no esta pasando nada.
Pero puertas adentro sí pasó. Hay una ilusión que se rompió. Hay una expectativa que ya no se sostiene, una historia que necesita ser reescrita.
Durante años, cuando organizaba casas, pensaba que estaba ayudando a las personas a ordenar objetos. Hoy sé que muchas veces estaba acompañando algo mucho más profundo. Estaba viendo cómo intentaban sostener recuerdos, versiones de sí mismas, proyectos que ya no existían y expectativas que habían quedado suspendidas en el tiempo.
Lo veía en una caja que nadie quería abrir. En ropa guardada para una ocasión que nunca llegaba. En objetos que seguían ocupando espacio porque representaban una vida que ya no era.
Y con el tiempo entendí que el desapego no siempre tiene que ver con cosas. A veces tiene que ver con aceptar. Aceptar que la realidad fue distinta. Aceptar que algunos sueños cambiaron y que nosotras también cambiamos. Y eso no significa resignarse. Significa dejar de pelearse con tu presente.
Porque mientras seguimos comparando nuestra vida con una versión imaginada, es muy difícil valorar la que estamos llevando a cabo.
Y quizás eso fue lo más importante que trabajamos en aquella mentoría.
No cambiar su presente. No buscar respuestas mágicas. No encontrar un nuevo objetivo.
Sino algo mucho más simple y mucho más difícil a la vez.
Aceptar que la vida no había sido exactamente como la había imaginado. Y descubrir que, aun así, podía ser una buena vida.
Quizás diferente. Quizás inesperada. Pero igualmente valiosa.
Porque a veces el peso no está en lo que vivimos. Está en seguir cargando expectativas que ya cumplieron su ciclo. Y cuando logramos soltarlas, les juro mis queridas lectoras que todo se acomoda, quizá no para el entono pero si en nuestro interior. Cuando eso pasa, miramos nuestra historia con otros ojos. Y ahí, es cuando logramos empezar la verdadera transformación.
Contame: ¿Alguna vez sentiste que lo que te dolía no era tu realidad... sino la distancia entre tu realidad y lo que habías imaginado?
VP® Vivi Papa ❤️