Hace unos días estaba pagando impuestos que forman parte de mi vida cotidiana. Y mientras hacía el pago pensé en algo que veo y escucho bastante seguido: la facilidad con la que podemos pasar de disfrutar algo a quejarnos por lo que cuesta.
Una suscripción que usamos todos los días. Una clase que elegimos hacer. Un viaje que durante mucho tiempo quisimos. Una cena. Un servicio que nos facilita la vida. Una compra personal que hace mucho deseábamos.
Pagamos y enseguida aparece el comentario:
"Qué caro está", "cada vez cuesta más"," hay que pagar de nuevo"...
Y sí. Muchas veces las cosas están caras. Los precios aumentan y hay momentos en los que realmente necesitamos revisar nuestros gastos. Ni hablar acá en Argentina!
Pero hay algo que para mí hace una diferencia enorme. Si deja de tener sentido para mi economía, lo doy de baja. Sobre todo en mi negocio, y hay otras cosas que si priorizo.
Pero cuando puedo pagarlo , intento detenerme un segundo antes de quejarme. Y agradecer.
No como una frase armada de esas que dicen que tenemos que agradecer todo lo que nos pasa.
Sino agradecer algo mucho más concreto:
Hoy puedo pagarlo.
Y quizás eso que hoy pagás casi sin pensarlo fue algo que durante mucho tiempo no pudiste permitirte.
Quizás hubo una época en la que mirar el precio de determinadas cosas era saber inmediatamente que no eran para vos.
Quizás hubo viajes que quedaron para más adelante.
Cursos que querías hacer y no podías. Restaurantes a los que no entrabas.
Una casa que parecía imposible. Un servicio que te hubiera facilitado muchísimo la vida.
Y un día, casi sin darte cuenta, algunas de esas cosas empezaron a formar parte de tu vida.
El problema es que nos acostumbramos muy rápido. Lo que alguna vez fue un logro se convierte en parte de la rutina. Lo que antes agradecíamos empieza a parecernos normal.
Y entonces dejamos de mirar lo que tenemos para concentrarnos en lo que cuesta.
Esto me hace pensar mucho en las mujeres que acompaño.
Porque muchas pasaron años resolviendo, trabajando, cuidando, postergando cosas y esperando que algún día llegara una etapa diferente.
Y cuando esa etapa llega, no siempre se dan cuenta.
Siguen mirando lo que falta. La casa podría ser más grande. El auto podría ser mejor.
El viaje podría durar más días. El trabajo podría pagar mejor. La ropa podría ser de otra marca.
Siempre aparece algo más. Y no está mal querer más.
Yo también quiero seguir creciendo, aprender, viajar, hacer proyectos, mejorar cosas.
El problema aparece cuando lo que todavía no tenemos nos impide disfrutar lo que sí tenemos.
Porque podemos vivir en una permanente sensación de insuficiencia.
Siempre falta algo. Siempre hay algo que mejorar.
Y mientras la vida que fuimos construyendo y que seguro costo, está sucediendo.
A veces pienso que nos enseñaron a conseguir un trabajo. A trabajar para ganar dinero.
A ahorrar para comprar. A esforzarnos para llegar. A que el trabajo es sacrificio, a que todo tiene que costar.
Pero nadie nos enseñó qué hacer cuando finalmente llegamos a lo que soñamos.
Cómo disfrutarlo, reconocerlo.
Cómo mirar alrededor y decir: "Esto también lo construí yo".
Y esto no significa conformarse. No significa dejar de aspirar a más.
Sino poder mirar lo que hoy forma parte de nuestra vida con un poco más de conciencia.
Porque hay una diferencia enorme entre querer algo nuevo y sentir que nunca es suficiente.
También hay una diferencia entre revisar un gasto porque realmente no podemos sostenerlo y quejarnos automáticamente cada vez que tenemos que pagar algo que elegimos.
Si una suscripción ya no la uso, la doy de baja.
Si un servicio dejó de tener sentido para mí, lo reviso.
Si algo ya no puedo pagarlo, hago las cuentas y tomo una decisión.
Pero si puedo pagarlo, lo uso y me hace bien, también puedo reconocerlo.
Y decir:
Qué bueno que hoy puedo darme este gusto!
Quizás parezca una tontería. Pero para mí no lo es.
Porque cambia desde dónde miramos nuestra propia vida.
No se trata de negar la realidad económica ni de hacer de cuenta que todo está bien.
Se trata de no convertir cada gasto en una queja automática.
De recordar que detrás de muchas de las cosas que hoy podemos elegir hubo trabajo, decisiones, años de esfuerzo y también momentos en los que no podíamos.
Y quizás agradecer sea, en parte, reconocer ese recorrido.
Por ejemplo : Hace unos años quizás no podía pagar expensas y priorizar seguridad en mi forma de vida. Hoy puedo.
Y eso también merece ser registrado.
Porque si toda nuestra atención está puesta en lo que todavía falta, podemos pasar por alto que
las cosas que hoy tenemos son porque trabajamos para eso.
Y quizás mañana queramos otras, distintas, porque nosotros también cambiamos.
Pero hoy tenemos que poder disfrutar sin culpa. Sin sentir que hay que justificar cada elección.
Sin convertir inmediatamente aquello que nos gusta en una cuenta que tenemos que cuestionar.
Porque disfrutar no siempre significa gastar más.
A veces simplemente es darnos cuenta de que ya estamos viviendo parte de lo que durante mucho tiempo soñamos.
Y quizás ahí haya otra forma de ordenar nuestra relación con lo que tenemos.
No desde la carencia permanente. Tampoco desde gastar sin mirar.
Pero si hacerlo desde la conciencia.
Saber qué podemos sostener. Elegir en qué queremos poner nuestro dinero.
Dar de baja aquello que ya no necesitamos.
Y agradecer aquello que sí podemos seguir eligiendo.
Porque quizás una parte de disfrutar lo que tanto nos costó conseguir sea dejar de mirar solamente cuánto cuesta.
Y empezar a mirar también todo lo que significó llegar hasta acá.
Y eso también es orden interno y claridad amigas mias.
Gracias por leerme.
Abrazo organizado.
VP® Vivi Papa